El origen de Spelaea
Hay preguntas que uno no se hace de golpe. Se van formando despacio, a lo largo de años, acumulando capas como el sedimento en la desembocadura de un río. Un día te das cuenta de que llevan mucho tiempo ahí, colmatando, hasta que se hace imposible no prestarles atención. Para mí, esa pregunta tiene una forma muy concreta: ¿por qué los seres humanos sentimos lo que sentimos cuando estamos en la naturaleza?
No me refiero a la sensación vaga de bienestar que produce un paseo por el campo. Me refiero a algo más profundo y más difícil de articular: esa especie de reconocimiento, casi de memoria, que aparece cuando estás en la naturaleza. Algo en el interior se aquieta y al mismo tiempo se despierta. Como si el cuerpo recordara algo que la mente hace tiempo que olvidó.
Spelaea nace de esa pregunta. Y de la convicción de que vale la pena hacérsela en voz alta.
De dónde viene todo esto
No recuerdo un momento concreto en el que decidí que la naturaleza sería el hilo conductor de mi vida. Más bien siempre estuvo ahí, como un fondo constante sobre el que todo lo demás fue ocurriendo.
Es posible que todo comenzara durante mi infancia gracias a un cauce muy concreto, ya desde bastante pronto: el escultismo. Los años en el grupo scout fueron una escuela de atención al entorno que entonces no valoré en su justa medida. Aprendí a mirar el campo de una manera que no se enseña en las aulas, a estar presente en él sin necesidad de dominarlo.
También he crecido viendo a David Attenborough narrar mundos que parecían imposibles, y algo de esa fascinación por lo remoto y lo salvaje se quedó grabado de una manera que todavía hoy reconozco cuando salgo al campo. Más tarde, ya siendo adulto y trabajando en otro sector completamente distinto, empecé a estudiar Historia por puro placer, sin más razón que la curiosidad. Pero no era casualidad: me atraía precisamente esa dimensión que casi nunca se cuenta, la que muestra que la naturaleza no es el telón de fondo de la historia humana sino uno de sus protagonistas. Que el clima, los ecosistemas, la fauna y la flora han moldeado civilizaciones enteras, y que ignorar esa dimensión es contar solo la mitad del relato. La Prehistoria, especialmente, se convirtió en una obsesión: el momento en que nuestra especie todavía era inseparable del entorno que la rodeaba.
Hace unos años, esa capacidad de observación que había empezado en los scouts encontró un cauce más formal: el rastreo. Aprender a leer el territorio de otra manera, a captar detalles que antes pasaban desapercibidos, a entender que el entorno natural está constantemente contando cosas a quien sabe escuchar. Fue como recuperar algo que llevaba mucho tiempo dormido.
Todo esto fue sedimentando durante años. Lecturas, salidas de campo, fotografía, estudio. Hasta que en un momento determinado me di cuenta de que todos esos hilos apuntaban en la misma dirección. Que la fotografía de fauna no era una afición separada de mi interés por la antropología evolutiva, ni mi fascinación por la Prehistoria era independiente de mi manera de mirar un paisaje. Todo formaba parte de lo mismo. De una sola pregunta con muchas formulaciones posibles.
Spelaea es el espacio donde esa pregunta tiene cabida.
Treinta y dos mil años de precedente
El arte prehistórico me fascina desde hace mucho tiempo, pero fue el año pasado cuando pude acercarme a él de una manera que cambió algo en mi forma de entenderlo. Hice un viaje temático por el centro de Francia visitando algunas de las cuevas con mayor concentración de arte parietal del mundo. Font-de-Gaume, con sus bisontes polícromos, recientemente datados hace unos 8.500 años. Lascaux, cuya réplica no consigue disimular del todo la magnitud de lo que esconde el original clausurado desde 1963.
Chauvet me quedó pendiente en ese viaje, demasiado lejos para encajarla en el recorrido. Pero su presencia en el proyecto es inevitable, porque las pinturas de Chauvet son el precedente más antiguo y más poderoso que se conoce. Sus paredes contienen representaciones animales trazadas hace más de 32.000 años: 424 figuras, 14 especies, ejecutadas con una precisión y una sensibilidad que todavía hoy resultan desconcertantes. El animal que aparece con mayor frecuencia no es el caballo ni el bisonte, que dominan otras cuevas del Paleolítico. Es el Panthera spelaea, el león cavernario, el mayor felino que haya pisado suelo europeo, extinguido hace unos 14.000 años.
Alguien, hace más de tres decenas de milenios, consideró que ese animal merecía ser observado, comprendido y representado. Que valía la pena adentrarse en la oscuridad de una cueva con una antorcha para dejar constancia de esa conexión. Aún no está claro cuál era el motivo de estas representaciones, pero el poder que evocan aun resuena en nuestro subconsciente cuando las observamos.
Ese gesto es el origen del nombre de este proyecto. Spelaea, del griego σπήλαιον, caverna. El mismo término que la taxonomía recogió en el nombre científico del león cavernario. No es un homenaje puramente estético. Es una declaración de continuidad. Lo que hago aquí —observar la naturaleza, fotografiarla, escribir sobre ella— es la prolongación de un impulso que tiene treinta y dos mil años de antigüedad, y que sigue latente dentro de nosotros.
Las hormigas, Wilson y el nombre de lo que sentimos
Hace casi quince años desarrollé una obsesión que a muchas personas de mi entorno les pareció, como mínimo, excéntrica: las hormigas. Siempre me habían fascinado, pero cuando descubrí que era posible mantener una colonia en casa y observar su desarrollo de cerca, me metí de lleno. Construí formicarios, estudié especies, leí todo lo que encontré sobre su comportamiento, su organización social, sus sistemas de comunicación. Era, en el fondo, la misma curiosidad de siempre aplicada a un objeto de estudio que muchos consideran menor o irrelevante, pero que esconde una complejidad que no tiene nada que envidiar a la de los grandes mamíferos.
Fue así como llegué a Edward O. Wilson. No personalmente, claro, sino a través de sus libros y su trabajo. Wilson era el mirmecólogo más importante del siglo XX, el hombre que más sabía sobre hormigas en el mundo, y sus investigaciones sobre el comportamiento social de los insectos habían abierto puertas que la biología tardó décadas en atravesar. Lo admiré entonces por razones muy concretas y técnicas, vinculadas a ese interés específico por los formícidos.
Años después, en un contexto completamente distinto, encontré el término biofilia. La tendencia innata de los seres humanos a afiliarse con otras formas de vida, a buscar conexión con lo vivo, a encontrar en los ecosistemas algo que va más allá del simple disfrute estético. El concepto me pareció inmediatamente preciso: una manera de nombrar algo que yo había sentido durante toda mi vida sin encontrarle el marco adecuado. Y entonces descubrí que quien lo había acuñado, en 1984, era el mismo Edward O. Wilson al que yo ya llevaba años admirando por sus estudios sobre hormigas.
Esa coincidencia me pareció significativa. No en sentido místico, sino en el sentido de que las ideas de las personas verdaderamente originales tienen esa propiedad: la de iluminar cosas aparentemente dispares desde un mismo foco. Wilson no era solo el hombre de las hormigas ni solo el hombre de la biofilia. Era alguien que había pasado décadas mirando muy de cerca el mundo vivo y había extraído de esa mirada una comprensión de nuestra especie que todavía estamos asimilando.
La biofilia no describe una sensibilidad especial reservada a poetas o naturalistas. Describe algo constitutivo de lo que somos. Llevamos cientos de miles de años coevolucionando con el resto de seres vivos del planeta. Nuestra atención, nuestra percepción, nuestra forma de procesar el entorno fueron moldeadas en paisajes salvajes, en praderas abiertas, en bosques y riveras. El ser humano que somos hoy es inseparable de esos entornos, aunque ya no los habitemos. Y esa desconexión, silenciosa y gradual, tiene consecuencias que todavía no sabemos nombrar del todo.
Spelaea parte de ese marco. No como ejercicio académico, sino como convicción personal.
La conversación que nadie está teniendo
El mundo avanza en una dirección muy clara. Más urbanización, más digitalización, más extracción de recursos, más distancia respecto a los ecosistemas que nos sostienen. No es un juicio moral, es una descripción. Y en ese contexto, hay una conversación que brilla por su ausencia en los medios, en la cultura popular, en el debate público: la que habla de lo que estamos perdiendo como especie al desconectarnos de la naturaleza.
Pero hay algo más concreto que me impulsa a escribir aquí, algo que tiene que ver con una brecha que observo con frecuencia en mis propios círculos. Cuando hablo de ciertas cosas —de que los cuervos son capaces de planificar el futuro, de que los elefantes tienen rituales de duelo, de que los chimpancés transmiten técnicas de uso de herramientas de generación en generación, de que las orcas poseen dialectos diferenciados por grupos familiares— la reacción habitual oscila entre el escepticismo y la incredulidad. Suena a exageración, a antropomorfismo sentimental, a ciencia ficción.
No es ciencia ficción. Es ciencia. Una ciencia que lleva décadas avanzando y documentando con rigor creciente la complejidad cognitiva, emocional y social de muchas especies animales. Pero ese conocimiento, por razones que tienen más que ver con la inercia cultural que con la evidencia disponible, apenas ha llegado a la conversación pública. Seguimos percibiendo a los animales, en general, como seres mecánicos e inferiores, incapaces de tomar decisiones propias, de tener cultura, de comunicarse de maneras sofisticadas. Y esa percepción, además de ser inexacta, tiene consecuencias éticas y prácticas que no podemos seguir ignorando.
Uno de los motivos que me ha animado a lanzar este proyecto es precisamente ese: tener un espacio donde reflexionar sobre estas cuestiones con la profundidad que merecen, donde compartir lo que la ciencia ya sabe aunque todavía no haya llegado a todos, y donde quien quiera pueda leer, pensar y llegar a sus propias conclusiones. Pero también, y esto es importante, un espacio para mi propio aprendizaje. Escribir obliga a ordenar el pensamiento, a contrastar lo que uno cree saber, a asimilar de verdad aquello sobre lo que se escribe. Spelaea es tanto un proyecto de divulgación como un cuaderno de campo personal. No desde la tribuna del experto —no soy biólogo ni investigador— sino desde la posición de alguien que lleva mucho tiempo prestando atención, que sigue aprendiendo, y que cree que prestar atención, hoy, es un acto con consecuencias.
Ciencia, arte, filosofía
Este proyecto se mueve en la intersección de tres lenguajes que, en mi experiencia, se iluminan mutuamente cuando se dejan convivir.
La ciencia aporta el rigor y la precisión. Cuando fotografío un mamífero o escribo sobre el comportamiento de una rapaz durante la cría, me interesa hacerlo con exactitud. Los animales no son metáforas. Son organismos con una historia evolutiva, un papel ecológico, una red de relaciones con su entorno que llevan millones de años construyéndose. Saber eso no enfría la mirada: la profundiza. Un paisaje entendido como ecosistema es infinitamente más rico que un paisaje entendido como escenario.
El arte —en mi caso, principalmente la fotografía— aporta la dimensión de la presencia. La cámara no es un instrumento de captura sino de atención. Implica estar allí, en el frío de las cinco de la mañana, en el barro, en la espera que a veces no conduce a ninguna parte. Implica fracasar muchas veces antes de que algo ocurra. Y cuando ocurre, el resultado no es solo una imagen técnicamente correcta: es el testimonio de un encuentro real entre dos seres vivos, uno de los cuales no sabía que estaba siendo observado.
La filosofía aporta las preguntas que no tienen respuesta fácil pero que tampoco se pueden ignorar. ¿Qué nos une a los demás animales? ¿Qué hemos ganado y qué hemos perdido en el proceso de civilización? ¿Qué significa, hoy, mirar un territorio salvaje y reconocerse parte de él? Spelaea no tiene respuestas definitivas para ninguna de estas preguntas. Tiene, en cambio, la voluntad de no esquivarlas.
Un territorio para conocer de verdad
El foco geográfico principal de Spelaea es la península ibérica. Pero esa elección no es arbitraria ni puramente práctica: tiene una razón de fondo que creo que vale la pena explicar.
Vivimos en una época que confunde la exposición con el conocimiento. Pasamos unos días en un país y creemos haber estado allí. Vemos imágenes de un ecosistema en una pantalla y creemos conocerlo. El turismo acelerado y la sobreabundancia de contenido visual nos han dado la ilusión de una familiaridad con el mundo que en realidad es casi siempre superficial. Llegamos a la superficie de los lugares y los abandonamos antes de haber empezado a entenderlos.
Como especie, no evolucionamos así. Durante la mayor parte de nuestra historia, los seres humanos vivieron arraigados a un territorio concreto, el de su grupo, su clan, su comunidad. Ese territorio se conocía con una profundidad que hoy nos cuesta imaginar: sus ciclos estacionales, sus especies, sus patrones de comportamiento animal, sus fuentes de agua, sus refugios, sus peligros. Ese conocimiento no era opcional. Era la diferencia entre sobrevivir y no hacerlo. Y se adquiría de la única manera en que el conocimiento profundo se adquiere: con tiempo, con observación repetida, con presencia continuada.
Eso es lo que intento aplicar aquí. La península ibérica es mi territorio en ese sentido más antiguo y más honesto de la palabra. Es donde he caminado, donde he esperado, donde he fracasado y vuelto. Donde conozco las especies no como entradas en un catálogo sino como presencias con las que me he cruzado en condiciones reales. Ese conocimiento acumulado, lento e imperfecto, es lo que quiero compartir.

Otros territorios salvajes del mundo tendrán también cabida en este proyecto, porque sus historias iluminan la misma conversación desde ángulos distintos. Pero el centro de gravedad es este. Y creo que esa honestidad geográfica es también una forma de rigor.
El nombre Spelaea es un recordatorio. De que lo que hago tiene treinta y dos mil años de precedente. De que la necesidad de mirar a los animales y dejar constancia de ese acto es una de las cosas más antiguas y más profundamente humanas que existen. Y de que, quizás, volver a ese gesto —con una cámara en lugar de un trozo de carbón, con palabras en lugar de pigmento sobre roca— es también una manera de volver a nosotros mismos.
Bienvenido a Spelaea.