En el extremo del mundo, la vida persevera
Hay lugares en la Tierra que la Tierra misma parece no querer habitar del todo. La Patagonia es uno de ellos. Un territorio que ocupa el extremo austral del continente americano, donde los suelos pobres y la latitud implacable han dictado desde siempre los términos de lo que puede crecer, de lo que puede quedarse, de lo que puede sobrevivir. La civilización ha intentado afincarse aquí, y en cierta medida lo ha logrado, pero a un precio. Las estancias ganaderas de extensiones inabarcables lo dicen todo: para que la ganadería sea viable en un suelo que apenas da, hace falta mucho espacio. Y para que el ganado prospere, hace falta que los depredadores no lo hagan.
Así funciona el conflicto. El puma baja a las ovejas. El estanciero lo mata. Una ecuación tan antigua como la llegada del ser humano a estos territorios, hace apenas once mil años, cuando los primeros cazadores cruzaron al sur del continente y encontraron una tierra que les exigía todo para no dar casi nada. Después vinieron los tehuelches —los aónikenk, “gente del sur”—, cazadores-recolectores nómadas cuya gran corpulencia y altura asombró tanto a los primeros europeos que los bautizaron como “patagones”, gigantes de una tierra imposible. Cazaban guanacos y ñandúes por las estepas, vivían bajo toldos de cuero que levantaban y desmontaban siguiendo a sus presas. Y en los canales del sur, donde la tierra se deshace en un laberinto de fiordos e islas que llegan hasta el fin del mundo, habitaban los kawésqar y los yaganes, pueblos canoeros que pasaban su vida entera sobre el agua, pescando, recolectando mariscos, sobreviviendo con una desnudez que dejaba boquiabiertos a los europeos enfundados en sus capas de lana. Encendían fuegos constantemente para calentarse, en sus embarcaciones, en las orillas, en cualquier punto de esa tierra oscura y batida por el viento. Eran tantos fuegos que los navegantes españoles, al avistarlos desde los mástiles, nombraron aquel archipiélago del sur con el nombre más exacto que podían dar: Tierra del Fuego.
Todos estos pueblos vivían en equilibrio con el entorno. Un equilibrio durísimo, exigente, que requería un conocimiento profundo e íntimo del territorio, de sus ciclos, de sus criaturas. No eran primitivos que sobrevivían por instinto: eran naturalistas extraordinarios que llevaban milenios observando, aprendiendo, adaptándose. Hoy casi no quedan descendientes. Las enfermedades europeas, la caza sistemática y el despojo de sus tierras los exterminaron con una eficiencia que da vértigo.
El intento español y el tiempo geológico
En septiembre de 1581, Pedro Sarmiento de Gamboa zarpó de Sanlúcar de Barrameda por encargo de Felipe II con una flota de 23 naves y cerca de tres mil hombres. La misión: colonizar el estrecho de Magallanes y construir allí una fortaleza que cerrara el paso al Pacífico frente a los corsarios ingleses —Francis Drake acababa de cruzarlo para saquear las costas españolas del Pacífico, y la Corona no estaba dispuesta a permitir que volviera a suceder. El viaje duró dos años y medio en lugar de los previstos. Las tormentas, las enfermedades y las deserciones diezmaron la expedición antes de que llegara a su destino. De los tres mil que zarparon, apenas trescientos treinta llegaron al estrecho, en 1584, y allí fundaron dos ciudades: Nombre de Jesús y Ciudad del Rey Don Felipe. Los colonos, mayoritariamente andaluces acostumbrados al clima mediterráneo, se enfrentaron a un invierno patagónico para el que no estaban preparados. Sarmiento partió en busca de provisiones y nunca pudo regresar —fue capturado primero por los ingleses y luego por los franceses—. Sin socorro ni suministros, los colonos murieron de hambre y frío. Cuando el corsario inglés Thomas Cavendish encontró los restos del asentamiento tres años después, rebautizó aquel lugar con el nombre que merecía: Puerto del Hambre.
La Patagonia no entiende de órdenes reales. Nunca ha entendido de imposiciones.
Pero si la expedición de Sarmiento fracasó en su misión colonizadora, hubo otras que llegaron con ojos distintos, impulsadas no por el oro ni por la estrategia militar, sino por algo más poderoso y más duradero: la curiosidad. En diciembre de 1831, un joven naturalista de veintidós años llamado Charles Darwin embarcó en el HMS Beagle, bajo el mando del capitán Robert FitzRoy, con el encargo oficial de cartografiar las costas de la Patagonia y Tierra del Fuego. Lo que nadie sabía entonces —ni el propio Darwin— era que ese viaje cambiaría para siempre la comprensión humana de la vida sobre la Tierra. Durante casi cinco años, el Beagle navegó por los mismos canales que habían visto morir a los colonos de Sarmiento. Darwin los recorrió con los ojos abiertos, tomando notas frenéticamente, recogiendo fósiles, estudiando la geología, observando la fauna y los pueblos indígenas que aún habitaban aquellas orillas. El canal que surcaban lleva hoy el nombre del barco: el canal Beagle. Y el macizo de granito que se eleva en la Patagonia argentina, con sus agujas que parecen estallar hacia el cielo, lleva el nombre del capitán: el Fitz Roy, una de las montañas más icónicas del planeta.
Lo que Darwin encontró en la Patagonia no lo iluminó de golpe. Las ideas tardan. La observación acumula capas que solo el tiempo puede sedimentar, igual que los propios paisajes que estaba estudiando. Vio fósiles marinos a miles de metros de altitud. Presenció terremotos y erupciones. Comprendió que los Andes no habían estado siempre ahí, que el planeta era un organismo en movimiento continuo, y que las formas de vida se transformaban junto con él, lentamente, a una escala que ningún ser humano puede abarcar con su vida entera. Esos paisajes patagónicos que hoy nos parecen eternos —los lagos glaciares, los picos de granito, los campos de hielo— son en realidad el resultado de millones de años de trabajo incesante: el hielo avanzando y retrocediendo, la roca partiéndose, el agua tallando. El tiempo geológico es otra escala de paciencia. La misma paciencia que, siglos después, aprendería yo de un puma una mañana de niebla.
El felino más extendido del mundo tiene su corazón aquí
El puma —Puma concolor— es el felino de mayor distribución geográfica del planeta. Desde el Yukón canadiense hasta el extremo sur de Chile, su área de distribución abarca más de 110 grados de latitud, adaptándose a ecosistemas tan dispares como las selvas amazónicas, las montañas andinas, los bosques de Nothofagus del sur o las áridas estepas patagónicas. Esta capacidad de adaptación es en sí misma una forma de inteligencia evolutiva: un linaje que lleva millones de años aprendiendo a sobrevivir allí donde hay presas y refugio, sin importar el resto.
Y sin embargo, es aquí, en Torres del Paine, donde el puma alcanza su mayor densidad poblacional sobre la Tierra. La paradoja tiene una explicación que combina geografía, ecología y un azar afortunado. La Patagonia en su conjunto es un territorio de bajas precipitaciones —apenas 200 o 400 milímetros al año en la estepa—, un desierto frío y ventoso que limita la productividad del suelo. Pero aquí, en las inmediaciones de los Andes, algo cambia de forma radical. La barrera montañosa fuerza la humedad del Pacífico a condensarse y caer: las precipitaciones se duplican en las laderas, superan los 800 milímetros cerca del macizo y alcanzan los 1.500 en el bosque andino patagónico, donde crecen las lengas y los ñires que ya no puedes encontrar en la estepa. Ese gradiente de humedad, unido a los grandes ríos y lagos de origen glaciar —alimentados por la tercera mayor masa de hielo continental del planeta, el Campo de Hielo Patagónico, que corona las cimas de los Andes del sur— crea algo excepcional: un ecosistema extraordinariamente productivo en el corazón de una tierra que en apariencia no puede sostener nada.
La productividad alimenta al coirón, la gramínea que tapiza las laderas y que es la base de la dieta del guanaco. El guanaco abunda. Y donde abunda el guanaco, puede vivir el puma. En invierno, cuando yo visité el parque, los guanacos se agrupan en manadas numerosas: muchas hembras, varios machos, y los chulengos del año, nacidos en la primavera anterior y aún inexpertos. Grupos de cincuenta, cien animales pastando juntos en las laderas. Una concentración de presas que, unida al refugio que ofrecen las irregularidades del terreno y la mata negra y el calafate entre los que el puma se oculta y embosca, convierte este lugar en el hábitat ideal para el tercer felino más grande del mundo.
El parque los protege. Pero cruzar la frontera invisible hacia Argentina —algo que los jóvenes pumas hacen en sus dispersiones, buscando territorio propio— sigue siendo muchas veces una sentencia de muerte. En Argentina no existe la misma protección legal, y muchas estancias siguen cazándolos. El puma no sabe de fronteras. El puma no sabe de banderas. Como los pingüinos rey y papúa de las Malvinas, que viven ajenos a las disputas territoriales que aún se sienten presentes en Ushuaia, donde el recuerdo del conflicto con Inglaterra permanece tan vivo como el viento del canal. La naturaleza no entiende de soberanía. Solo entiende de supervivencia.

Un día en la vida de Escarcha
Escarcha tiene cinco años. Es una hembra de puma que pertenece a uno de los linajes más emblemáticos de Torres del Paine, un árbol genealógico de felinos que los investigadores llevan años siguiendo con nombre propio: Sarmiento, Rupestre, Petacca, y ahora ella. Escarcha se separó de su madre antes de completar el aprendizaje de la caza, antes de interiorizar en el cuerpo y en el instinto lo que significa abatir un guanaco adulto. Esa carencia ha marcado su vida.
Cuando la encontré, acababa de esconder a sus cachorros en un lugar seguro. Dos crías de apenas tres meses. Su tercer intento por sacar adelante una camada.
Salió a cazar antes del amanecer.
Yo la seguí.
Hay algo que nadie te explica antes de vivir una experiencia así, algo que ningún documental, por bueno que sea, puede transmitirte del todo: la escala del tiempo. Escarcha no tiene prisa de la que nosotros entendamos. Su paciencia no es una virtud cultivada, es una necesidad física, una estrategia grabada en sus genes durante millones de años de evolución. Ella sabe —su cuerpo sabe— que la oportunidad no se persigue. Se espera.
La niebla llegó a media mañana y Escarcha la usó. Se movió con una fluidez que resultaba casi irreal, recortando distancia con el grupo de guanacos que había localizado, aprovechando cada pliegue del terreno, cada momento en que el centinela del grupo desviaba la mirada. Los guanacos tienen un sistema de alerta extraordinariamente eficaz: mientras el grupo pasta, uno de ellos permanece atento, y basta una señal suya para que todos corran. Escarcha lo sabe. Llevan millones de años jugando a este mismo juego.
La vi posicionarse entre la mata negra con una quietud que hacía que casi desapareciera del paisaje. La vi quedarse inmóvil durante un tiempo que yo no habría sido capaz de estimar, porque allí el tiempo funcionaba de otra manera. Vi cómo recortaba la distancia hasta los veinte metros, cuando necesitaba llegar a menos de diez para tener alguna posibilidad real de éxito. Vi la tensión en cada músculo de su cuerpo, esa concentración total que hace que un felino parezca condensarse sobre sí mismo antes del salto.
Y la vi fallar.
El centinela la detectó. La alarma se extendió por el grupo en un segundo. Los guanacos huyeron y Escarcha se quedó quieta, mirándolos alejarse, con esa dignidad extraña que tienen los grandes predadores cuando pierden, como si el fracaso formara parte del plan desde el principio. Y luego, simplemente, se dio la vuelta. Sin dramatismo. Sin el peso visible de lo que acababa de perder. Y empezó de nuevo.

Yo tardé un rato en entender lo que acababa de presenciar. No la caza fallida. Algo más profundo que eso.
Menos del diez por ciento. Esa es la tasa de éxito de un puma cazando guanacos en condiciones normales. Uno de cada diez intentos termina en presa. Y Escarcha, que no llegó a aprender del todo, que carga con esa deuda de conocimiento que su separación prematura le dejó, tiene aún menos margen. Mientras tanto, sus cachorros la esperan escondidos, solos, vulnerables, dependiendo de que ella vuelva con algo que comer.
¿Cuántas veces tiene que intentarlo? ¿Cuántas veces tiene que fracasar, volver con las manos vacías, escuchar a sus crías y salir de nuevo al alba a intentarlo otra vez?
El escritor y fotógrafo Nicolás Lagos Silva, uno de los estudiosos más rigurosos de los pumas de Torres del Paine, escribe en su libro algo que, después de ese día, me resultó imposible leer sin que se me encogiera el pecho: “El puma siempre se resiste, está en su ADN, desde el día en que nace su destino es no rendirse. No importa que tan duras sean las condiciones de su entorno, que tan fuertes sean sus presas, que tan bajas puedan ser sus posibilidades. Su misión es siempre batallar. Hasta el final. Sin guardarse nada.”
Estuve horas con Escarcha ese día. Horas que no pesaron como las horas pesan. Y cuando al final nos separamos, me quedé con algo que no sé si es tristeza o admiración o las dos cosas mezcladas. Porque eso es la vida. No solo la vida de los pumas: la vida. La de todos los animales de este planeta, incluidos nosotros. La perseverancia que no elige, que simplemente continúa porque es lo único que existe. El fracaso como parte del proceso, no como su final. La cría esperando en algún lugar entre las rocas como razón suficiente para levantarse e intentarlo de nuevo.
Compartir ese rato en la vida de Escarcha —un instante diminuto en la historia de su linaje, en la historia de su especie, en la historia de este territorio— es lo que permite conectar con la naturaleza en su estado más esencial. Comprender la vida en su forma más desnuda. Y quizás esa sea también la razón más profunda de todo esto: porque si somos capaces de transmitir lo que significa caminar con un puma, de acercar a quien nunca pisará la Patagonia a la vida de Escarcha y sus cachorros, estaremos contribuyendo a que el puma y su ecosistema sigan siendo un patrimonio natural que merece protección. Que seguiremos siendo capaces, dentro de cincuenta o cien años, de volver aquí y encontrarlos.
La arrogancia de los que llegaron después
En el museo de la antigua prisión de Ushuaia, el guía nos contó la historia del mayor problema de la navegación oceánica durante siglos: el cálculo de la longitud. La latitud llevaba tiempo resuelta gracias a la trigonometría y la observación del sol. Pero la longitud exige saber la velocidad y el tiempo con precisión, y los relojes de la época simplemente no funcionaban en alta mar. La solución llegó de la mano de un carpintero inglés llamado John Harrison, cuya historia recoge Dava Sobel en el extraordinario libro Longitud. El cronómetro marino que Harrison perfeccionó permitió a los británicos dominar los océanos, navegar alejados de la costa —la principal causa de naufragios— y construir un imperio. Fue también ese cronómetro el que llevaba el HMS Beagle cuando Darwin recorrió estos canales, midiendo posiciones con una precisión que los españoles de Sarmiento no podían ni imaginar.
La observación paciente. El conocimiento profundo del mundo tal como es, no tal como quisiéramos que fuera. Eso es lo que nos ha traído hasta aquí. No el poder, no la fe en que el ser humano puede controlar lo que no comprende. La observación de lo que existe.
Y aun así seguimos cometiendo el mismo error. Seguimos creyendo que podemos sustituir lo que la naturaleza hace con una eficiencia que ninguna inteligencia humana puede replicar. El equilibrio depredador-presa que sostiene el ecosistema de Torres del Paine no es un accidente: es el resultado de millones de años de ajuste fino, de extinción de lo que no funciona y preservación de lo que sí. Los pumas llevan aquí mucho más tiempo que nosotros. Los guanacos también. El ecosistema sabe lo que hace.
Nosotros llegamos hace doscientos años, matamos pumas, introdujimos ovejas, y luego nos sorprendemos cuando el equilibrio se rompe. Y entonces proponemos regular las poblaciones a nuestro antojo, como si la caza o la reintroducción controlada pudieran replicar lo que la selección natural ha ido perfeccionando durante millones de años. En nuestro infinito ego, seguimos creyendo que somos los gestores de un planeta que existió perfectamente sin nosotros durante cuatro mil quinientos millones de años.
¿Y Dios habrá patentado esta idea del manicomio redondo? — Mafalda
El ser humano es la especie más loca. Adora a un Dios invisible y destruye una Naturaleza visible. Sin darse cuenta de que esta Naturaleza que está destruyendo es ese Dios al que adora. — Hubert Reeves
Quizás el problema no es que no lo sepamos. Quizás el problema es que no sabemos quedarnos quietos el tiempo suficiente para aprenderlo. Para observar. Para escuchar. Para comprender.