67 lobos
Todo lo que hoy nos rodea —cada especie, cada comportamiento, cada equilibrio que sostiene un ecosistema— es el resultado de más de 3.500 millones de años de historia de la vida en este planeta. Es una inteligencia que no se diseñó en ningún laboratorio ni se entrenó con datos: se tejió sola, a fuerza de tiempo, ensayo y extinción, a lo largo de un proceso tan lento y tan inmenso que nuestra mente apenas puede asomarse a él.
Pensemos por un momento en lo que eso significa. Cada vez que un murciélago caza en plena oscuridad un insecto del tamaño de un mosquito, guiándose solo por el eco de unos gritos que nosotros ni siquiera podemos oír; cada vez que un cárabo lapón se lanza sobre la nieve y atrapa a un topillo que nunca llegó a ver, solo porque lo oyó moverse bajo ella; cada vez que un salmón, tras años en mar abierto, reconoce por el olor el arroyo exacto en el que nació; cada vez que un ave migratoria cruza continentes orientándose con el campo magnético de la Tierra, un sentido que no somos capaces ni de imaginar… en todos esos casos, la vida está poniendo en práctica una solución que ha sido probada, descartada, corregida y vuelta a probar durante millones de generaciones. No hay un diseñador detrás, ni un plan, ni un objetivo. Y sin embargo el resultado es de una precisión que ninguna ingeniería humana ha conseguido igualar. La vida no solo es inteligente: es la forma más antigua y más completa de inteligencia que conocemos, repartida en millones de especies que se sostienen unas a otras en una red de relaciones que todavía estamos muy lejos de comprender.
Hablamos mucho, ahora, de inteligencia artificial, como si estuviéramos a punto de igualar o superar algo. Pero nuestra inteligencia, la humana y la que fabricamos, palidece en cuanto intenta abarcar la naturaleza en su totalidad. Somos capaces de describir una pieza, de medir un comportamiento, de secuenciar un genoma; pero no somos capaces de entender cómo encaja todo a la vez, ni de prever qué se rompe cuando retiramos una de esas piezas.
Seguimos sin ser capaces de concebir del todo la inteligencia que es la vida misma, ni de valorarla más allá del uso inmediato que le damos. Y cada especie que empujamos al borde del colapso, cada población que fragmentamos, cada linaje que dejamos sin diversidad genética, es patrimonio irrecuperable. No hay versión 2.0. No hay copia de seguridad.
El lobo ibérico lleva siglos siendo, en ese patrimonio, una de las piezas más discutidas. Asturias ha aprobado un programa que autoriza la muerte de 67 lobos, y ya ha empezado a cumplirlo: en su primer mes, los agentes medioambientales han abatido siete, y la administración ha pedido que se sumen también guardas de cotos y cazadores. Y no es la primera vez que intenta algo así: la justicia ya le había dicho, hace no mucho, que no se puede matar lobos de esta manera —sin criterio individual, a golpe de cupo cerrado—. En lugar de escuchar, la administración ha buscado la forma de intentarlo de nuevo, con otro atajo burocrático, y ni siquiera ha esperado a que la justicia se pronuncie sobre los recursos presentados contra él.
Los censos —que podrían no ser del todo fiables, y que probablemente subestiman más que sobrestiman una especie tan escurridiza— hablan de unas 50 manadas en Asturias. Hagamos un ejercicio de pensamiento crítico para tratar de entender qué suponen realmente estos 67 lobos, porque la cifra, dicha así, esconde lo más importante.
Un lobo no vive suelto: vive en familia. La manada es la pareja reproductora dominante, la camada del año y algún adulto o subadulto de camadas anteriores que todavía no se ha independizado; en España, de media, unos siete u ocho individuos. Cada uno tiene su papel. La pareja dominante guía al grupo, decide sus movimientos y es la única que cría; los jóvenes de años anteriores ayudan a cazar, a vigilar y a alimentar a los cachorros. Y la experiencia de los adultos —dónde están las presas en cada estación, qué lugares evitar, cómo abordar a un corzo o a un jabalí— se transmite a las crías durante esos primeros meses en los que aprenden, siguiendo a los mayores, todo lo que necesitarán para sobrevivir.

Nada de esto es casual. Es una organización social muy precisa que la evolución ha ido seleccionando, generación tras generación, porque es la que mejor garantiza sacar adelante a las camadas: se caza en grupo, se cría en grupo, se defiende el territorio en grupo. Es esa misma inteligencia de la naturaleza de la que hablábamos al principio, la que ha dotado al lobo de las herramientas exactas que necesita para sobrevivir en su medio. La manada no es un accidente ni una costumbre: es la estrategia de supervivencia de la especie.
Y es justo eso lo que se pretende romper. El ser humano, en su soberbia infinita, asume un papel de regulador de la naturaleza que ni le corresponde ni tiene el conocimiento para ejercer, y lo hace atacando precisamente esas herramientas. Con 67 lobos repartidos entre 50 manadas, prácticamente no va a quedar una sola familia sin tocar. Matar a uno o dos de sus miembros no es restar dos números a un censo: es arrancar piezas vitales de un grupo que depende de todas ellas. Si cae uno de los reproductores, la manada puede no volver a criar ese año, o incluso disgregarse; si caen los adultos que cazan, los cachorros pierden a quienes los alimentan y a quienes debían enseñarles.
Y eso último es quizá lo más grave, porque buena parte de lo que un lobo necesita para sobrevivir no viene escrito en sus genes. Ningún lobo nace sabiendo por dónde cruzar un valle sin ser visto, en qué laderas se refugian los corzos cuando llega el invierno, qué caminos conviene evitar porque huelen a hombre o que un rebaño guardado por mastines es una presa que no compensa. Todo eso se aprende. Lo que la evolución ha seleccionado es la capacidad de aprenderlo y de enseñarlo: una manada organizada para que los jóvenes sigan a los adultos durante meses, los observen, los imiten y hereden de ellos un conocimiento que no está en la sangre, sino en la experiencia. Es algo muy parecido a lo que en nosotros llamaríamos cultura. Y es un saber local, construido durante generaciones sobre un territorio concreto, que es precisamente lo que permite a cada manada adaptarse a su monte.
Cuando se abate a los adultos que guardan ese conocimiento, no solo se elimina a unos individuos: se corta el hilo por el que ese saber pasaba de una generación a la siguiente. Los jóvenes que sobreviven quedan solos frente a un territorio que nadie les ha enseñado a leer. El daño no se queda en el presente: alcanza a las camadas que aún no han nacido y a la viabilidad del grupo durante años.
Y así se cierra el círculo. A los lobos que quedan, con menos adultos con los que cazar presas salvajes y sin nadie que les haya enseñado dónde encontrarlas ni qué deben evitar, les cuesta más comer. Y lo más fácil es lo que tienen más a mano: el ganado. Como ya se ha visto una y otra vez, los ataques aumentan, y esos mismos lobos pasan a ser el blanco del siguiente cupo. La medida que dice proteger a la ganadería termina empujando al lobo hacia ella, y al ganadero a sufrir justo lo que quería evitar.
¿Y quién decide todo esto? Ni uno solo de los políticos que aprueban programas así ha estudiado jamás al lobo, y pocos sabrán de ganadería mucho más de lo que les llega en un informe o en una reunión con quien más presiona. No han pasado noches en el monte esperando un aullido, no han seguido un rastro, no han visto a una manada mover a sus cachorros de un lugar a otro. Deciden desde un despacho, con un mapa y una cifra, sobre algo que no conocen. Y aun así, desde esa distancia, deciden sobre un patrimonio natural que es de todos y, sobre todo, sobre la vida de unos animales que no tienen absolutamente nada que ver en este conflicto, que no lo han buscado y que ni siquiera pueden saber que existe.
Porque la vía fácil es justo eso. Detrás de cada plan como este está siempre el mismo argumento: la ganadería extensiva convive con el lobo, y el ganado sufre pérdidas. Es verdad, y no le resto peso: hay familias que viven de esto, que se levantan antes del amanecer y que sienten cada ataque como una pérdida propia, y es lógico que busquen una solución. Pero en ese argumento se cuela un supuesto que no se sostiene: que el uso económico de un territorio da algún tipo de propiedad sobre lo que ya vivía en él. Y no es así. Trabajar un monte no lo convierte en tuyo, ni convierte en intrusos a quienes lo habitaban desde mucho antes. Es el ganado el que se introduce en el monte del lobo, no al revés.
Existen formas de convivir, y no son nuevas: los mastines, la vigilancia del rebaño, los cerramientos nocturnos, el pastoreo atento que durante siglos hizo compatible la ganadería con la presencia del lobo en buena parte de la península. Son soluciones que exigen esfuerzo, constancia y, sí, también apoyo y recursos por parte de las administraciones. Y ahí está el problema: frente a ese esfuerzo sostenido, año tras año, resulta mucho más cómodo firmar un cupo de extracción. Es más rentable políticamente, da la sensación de estar haciendo algo y se anuncia en una rueda de prensa. Es la vía de menor esfuerzo. Y el coste no lo paga quien la elige: lo paga el lobo, lo paga el monte y, a la larga, lo pagamos todos.
Hay un nombre para esa mentalidad, y lo define muy bien el antropólogo James Suzman, que en Trabajo: una historia de cómo empleamos el tiempo recoge algo que ya habían visto los primeros antropólogos que convivieron con pueblos cazadores-recolectores: esas sociedades no vivían con la sensación de escasez que a nosotros nos parece tan natural. Vivían —viven, donde aún existen— en un mundo que perciben como de afluencia: la naturaleza provee lo necesario, y no hace falta acumular ni planificar contra la escasez. Nuestra civilización aprendió justo lo contrario: a mirar el entorno como algo hostil y escaso, que hay que domar y del que hay que eliminar cualquier pieza que estorbe.
Es una mirada muy antigua. Ya en el Génesis, Adán y Eva son expulsados del paraíso y condenados a ganarse el pan con el sudor de su frente, arrojados a un mundo que se presenta como castigo, como un lugar de fatiga y de carencia, sin darse cuenta, quizá, de que el verdadero paraíso era precisamente este. Los reyes asirios se hacían representar en los muros de sus palacios cazando leones, abatiéndolos, sometiéndolos; en el palacio de Sargón II, en Jorsabad, un héroe gigantesco sostiene a un león bajo el brazo como quien sujeta a un gato. El mensaje era claro: el poder se medía por la capacidad de dominar lo salvaje. Siglos después, Aristóteles escribía que las plantas existen para los animales y los animales para el hombre, puestos en el mundo para su servicio; y ya en la Edad Moderna, Descartes llegaría a describirlos como máquinas, autómatas sin conciencia.
De ahí venimos. Estas ideas impregnan aún en la actualidad el pensamiento moderno.
Y desde ahí se entiende el lobo de hoy: deja de ser un vecino con el que compartimos el paraíso para convertirse en una amenaza para nuestra supervivencia o, peor aún, en un sobrante. Un lobo que lleva miles de años en un monte pasa a sobrar porque ahí hemos puesto nosotros nuestro ganado, y ese ganado —no el lobo— se ha convertido en la medida de lo que el territorio “debería” darnos.
Pero incluso si dejáramos a un lado todo esto —la ética, la historia, la soberbia— y juzgáramos la vía fácil solo por sus resultados, tampoco saldría bien parada. Lo peor es que ni siquiera funciona en sus propios términos. El porcentaje real de cabaña ganadera que sufre ataques de lobo es mínimo frente al total; el relato de plaga descontrolada no resiste demasiado el contraste con la realidad. Y el daño que se le hace a la especie no se repara de un año para otro: una manada desestructurada tarda años en recomponerse, si es que lo consigue, y volver a tener una población estable y asentada, capaz de criar y de cazar sus presas naturales, lleva mucho más tiempo que firmar un decreto. La vía fácil, además de injusta, ni siquiera es eficaz.
Y hay algo más que el lobo podría ofrecernos, si le dejáramos. En zonas donde ha desaparecido, jabalíes y corzos se han disparado sin control, causando accidentes en carretera y destrozos en el campo que después se intentan frenar cazando aún más, sin que sirva de mucho. Son, paradójicamente, los mismos daños de los que se quejan muchos agricultores. El lobo, como depredador que corona la cadena, es de las pocas herramientas capaces de mantener ese equilibrio de forma sostenida —no solo por lo que caza, sino por cómo cambia, con su sola presencia, el comportamiento del resto de la fauna—. Eliminarlo no resuelve el conflicto con la ganadería; probablemente alimenta, por otra vía, un conflicto distinto con el resto de la naturaleza.

No hace falta ver documentales sobre Yellowstone para entenderlo. Ocurre en nuestros propios ecosistemas, a nuestra escala, en cada sierra donde el lobo se ha mantenido o ha vuelto. Y tampoco hace falta irse tan lejos para admirar la belleza de una naturaleza completa, con sus grandes depredadores en su sitio: la tenemos aquí mismo. Asturias, con sus montañas, sus bosques, sus osos y sus lobos, podría ser el mejor ejemplo de ello si apostara de verdad por conservar su naturaleza y su biodiversidad, en lugar de gestionarla a golpe de cupo.
Nada de esto pasa por la cabeza del lobo, claro. Él sigue haciendo lo que ha hecho siempre: cazar, criar, sostener sin saberlo el equilibrio de todo lo que le rodea. Félix Rodríguez de la Fuente, la gran referencia española en su defensa, lo explicó durante décadas mejor que nadie, en una época en la que al lobo se le perseguía con veneno, cepos y recompensas: no era una alimaña, era un depredador imprescindible. Hizo falta que alguien lo mirara de cerca, con paciencia y sin prejuicios, para que buena parte de un país empezara a verlo de otra manera.
Es, además, un animal que nos resulta incómodamente cercano. Vive en familia, como nosotros. Coopera, reparte tareas, cuida de sus crías durante meses, transmite lo que sabe a los jóvenes. Se comunica con un repertorio de aullidos, posturas y miradas que apenas empezamos a descifrar, y es capaz de resolver problemas por sí mismo con una eficacia que sorprende. Nuestros propios perros descienden de él: hace miles de años, algunos lobos y algunos humanos empezaron a compartir territorio y caza, y de esa alianza nació el animal que hoy duerme a los pies de nuestra cama.
Puede que ahí esté parte del problema. El lobo funciona como un espejo: nos devuelve una imagen de lo que fuimos durante la mayor parte de nuestra historia —cazadores sociales, organizados en pequeños grupos familiares, dependientes del territorio y de conocerlo bien—. Nos vemos reflejados en él, y lo que vemos nos inquieta, porque compite con nosotros, porque ocupa el lugar que un día ocupamos. En vez de reconocernos en ese reflejo, preferimos romper el espejo.

Por eso decidí implicarme. Soy voluntario del Voluntariado Censo Lobo, coordinado por la asociación científica DIRUS, que lleva más de diez años estudiando la distribución y las poblaciones de lobo ibérico en la península, para aportar conocimiento objetivo y científico frente a los relatos politizados que dominan el debate. Frente a las cifras que se lanzan desde los despachos, alguien tiene que salir al monte a comprobar qué hay realmente en él. En mis salidas he buscado indicios de su presencia y he estudiado todo lo que he podido sobre la especie. Y en ese camino he comprendido que su valor va mucho más allá del impacto económico que pueda tener para nosotros: el lobo vale por sí mismo, como especie y como pieza de un ecosistema que sin él quedaría incompleto.

Admiro al lobo desde que era muy pequeño, y leer una noticia como esta remueve algo que no es solo intelectual. Es indignación, y también es tristeza. Pero es sobre todo la razón por la que sigo saliendo a buscarlo, y por la que he escrito este artículo: antes de decidir sobre el lobo, es necesario conocerlo o, al menos, guiarse por el conocimiento de quienes sí lo conocen.

Siete de esos lobos ya no volverán a aullar en su monte. Pero lo que está en juego con estos 67 no son solo 67 individuos. Es si seguimos tratando más de 3.500 millones de años de evolución como un inventario que administramos a nuestra conveniencia, o si empezamos a entender que ese patrimonio, una vez perdido, no vuelve. El lobo no ha pedido formar parte de esta discusión. Sigue ahí, indiferente a ella, mientras decidimos —otra vez— qué clase de vecinos queremos ser.