Marmotas, rebecos y quebrantahuesos: una mañana en el Vall de Boí
Salimos de madrugada, cuando el aire todavía guardaba el frescor de la noche. En pleno verano, en plena ola de calor, madrugar no es una cuestión de estética ni de buscar mejor luz para las fotografías: es la única manera razonable de moverse por la montaña antes de que el sol empiece a pesar como una losa sobre el valle. A esas horas, con la niebla todavía enredada entre los pinos y el silencio roto solo por el agua que baja de deshielo, cualquier salida al monte parece llevar dentro una promesa.
Y sin embargo, esa promesa convive con algo que sorprende, y que ya es la segunda vez que compruebo en los últimos tres años de visitar el Pirineo en verano: el calor no perdona ni siquiera a esta altitud. Se podría pensar que la alta montaña ofrece refugio frente a las olas de calor que azotan la península, pero no es así, o cada vez lo es menos. El aire se calienta pronto, el sol golpea con una intensidad que no se corresponde con la imagen que tenemos de los Pirineos, y a media mañana la sensación es casi la de estar en la estepa, no en un circo glaciar a dos mil metros.
Comentándolo con algunas personas de la zona, la respuesta fue casi unánime: no, esto no es normal. Llevan varios años notando cómo el calor se instala también aquí arriba, y cómo eso está transformando el paisaje de una manera que no siempre se ve a primera vista. Porque la trampa está precisamente en lo que se ve: uno llega al valle, ve los ríos correr con fuerza, ve los estanys llenos, y concluye, con cierto alivio, que aquí no hay sequía. Los propios locales me sacaron de ese error. “Eso no dice nada”, me explicaron. “Fijaos en la tierra, no en el río.” Y tenían razón. La salud real de un ecosistema de montaña no se mide en el caudal visible, sino en la humedad que retiene el suelo, en si los pastos de alta montaña —los mismos que durante siglos alimentaron una ganadería extensiva y trashumante— siguen frescos entrado el verano. Este año, ya a finales de junio, no lo estaban. Estaban secos, agostados, quemados por el sol, no por el fuego, incapaces de sostener un rebaño como hicieron durante generaciones. Se ve con nitidez incluso en las pistas de la estación de esquí de Boí Taüll: despejadas de vegetación alta para aprovechar la nieve en invierno, ahora se extendían como una superficie amarilla, agostada, bajo un sol de julio que no debería pegar con esa fuerza a esa altitud.
Con ese calor ya instalado desde primera hora, encaramos la ruta hacia el Embalse dels Cavallers con un objetivo muy concreto: encontrar fauna alpina sin más ayuda que la propia intuición. Sin guía, sin ninguna aplicación que marcara puntos de avistamiento, sin nadie que señalara hacia dónde mirar. Solo prismáticos, paciencia, y esa lectura del terreno que da haber pasado años saliendo al monte con la intención de observar y conectar, no solo de caminar.
Y esa es, para mí, la parte del día que de verdad importa, y la que más difícil me resulta explicar a quien no comparte esta afición. Hay una satisfacción muy particular, casi física, en otear un valle entero desde un punto elevado, ir descartando roquedos, leer la pendiente y la exposición al sol, intuir en qué zona concreta puede estar un animal, y comprobar, minutos después, que la intuición era correcta. No hay guía ni aplicación que sustituya esa sensación. Esa mañana, tras un buen rato de barrido con los prismáticos, aparecieron dos rebecos pirenaicos al fondo del valle, aprovechando esos primeros minutos de luz para alimentarse justo en las zonas que, horas más tarde, quedarían tomadas por los senderistas. Verlos así, moviéndose con esa tranquilidad que solo tienen antes de que el valle se llene de gente, tenía algo de privilegio silencioso: estábamos viendo el valle funcionar según su propio ritmo, no según el nuestro.
Poco después, algo más arriba, encontramos lo que en realidad estábamos buscando con más ganas: una familia entera de marmotas, tomando el sol sobre un grupo de piedras, en ese momento de mediodía en que estos animales suelen relajarse y descansar tras las horas de alimentación de la mañana. Mantuvimos la distancia justa, sin acercarnos más de lo necesario, y eso nos permitió observarlas durante largo rato sin alterar en absoluto su comportamiento: las crías jugando entre ellas, los adultos vigilando sin sobresalto, todo el grupo instalado en esa calma que solo se consigue cuando el animal no percibe amenaza alguna. Verlas así, relajadas, ajenas a nuestra presencia, no es cuestión de suerte. Es la recompensa de saber mirar.

En ese mismo estado de atención, con los sentidos ya calibrados para captar cualquier movimiento en la distancia, ocurrió lo que menos esperaba de la jornada: una pareja de quebrantahuesos apareció volando en libertad sobre el valle, planeando con esa elegancia pesada tan característica de la especie, aprovechando las térmicas para ganar altura sin apenas batir las alas. Verlos no es solo una cuestión de suerte fotográfica, aunque también lo sea. Es recordar, mientras los sigues con la mirada, que esta especie estuvo al borde de la desaparición en la península ibérica por envenenamientos, por caza furtiva, por haber sido considerada durante décadas una alimaña que amenazaba al ganado, cuando en realidad se trata de uno de los buitres más singulares del planeta: un especialista en huesos, capaz de dejarlos caer desde el aire sobre superficies rocosas para acceder al tuétano que ningún otro carroñero puede aprovechar. Ambos ejemplares mostraban ese tono anaranjado tan característico de los adultos, un color que no viene de la genética sino del comportamiento: se consigue bañándose deliberadamente en arenas ricas en óxido de hierro, un gesto que no tiene nada de cosmético ni casual, sino una función reproductiva muy concreta. Ese tinte anaranjado funciona como una señal de madurez y experiencia frente a una posible pareja, una manera de decir, sin palabras, “llevo suficiente tiempo aquí como para saber sobrevivir”. Verlos volar con esa tranquilidad, después de todo lo que la especie ha tenido que resistir en las últimas décadas, es de esas escenas que justifican por sí solas madrugar, sudar la ruta entera y aguantar el calor de la mañana.


Las marmotas, curiosamente, tienen guardada su propia ironía, una que descubrí hace tiempo y que siempre me gusta recordar cuando las veo. No son nativas del Pirineo catalán: fueron reintroducidas a mediados del siglo XX con un objetivo tan humano como, mirado con perspectiva, bastante torpe. La lógica de partida era esta: si las águilas reales depredan sobre las crías de rebeco, reduciendo la disponibilidad de esta especie para la caza, quizá ofreciéndoles una presa alternativa —la marmota— dejarían en paz a los rebecos, y así habría más ejemplares disponibles para quienes querían seguir cazándolos. Dicho de otro modo: se introdujo una especie entera en un ecosistema no para restaurar nada, sino para desviar la atención de un depredador en beneficio de un interés cinegético muy concreto. El plan, previsiblemente, no salió como se esperaba. Las poblaciones de marmota se han expandido por su cuenta por distintos valles pirenaicos, sin que eso haya cambiado gran cosa la dinámica entre águilas y rebecos, y hoy incluso generan problemas en infraestructuras humanas: en las estaciones de esquí, sus madrigueras socavan el terreno bajo los postes de los remontes y bajo los cañones de nieve artificial, deteriorando instalaciones que costaron mucho dinero levantar. Es un recordatorio bastante claro de algo que se nos olvida constantemente cuando decidimos intervenir en la naturaleza pensando que sabemos qué teclas tocar: cada especie, colocada donde sea, no sigue el guion que le hemos escrito. Simplemente pelea por sobrevivir, como hacen el visón americano o cualquier otra especie invasora que hayamos introducido, de forma deliberada o accidental, en un ecosistema que no era el suyo.
Todo esto ocurría, además, mientras a varios cientos de kilómetros de distancia ardían Burgohondo, en Ávila, y la Sierra Oeste de Madrid. Seguíamos las noticias con la inquietud de quien sabe que estos veranos, cada vez más secos y más calurosos, ya no son una anomalía puntual sino una tendencia asentada. Y lo que más pesa, más incluso que el propio fuego, es cómo se habla de él después, en los medios y en las redes: la preocupación pública se centra casi siempre en lo turístico, en lo ganadero, en las tierras de cultivo, en las urbanizaciones, en todo lo que tiene un valor económico inmediato y medible. Casi nunca se piensa en cómo afecta un incendio a zonas de altísimo valor ecológico, como el Valle del Tiétar, el Castañar del Tiemblo o, sobre todo, el Valle de Iruelas, donde hay parejas reproductoras confirmadas de buitre negro, águila real y águila imperial, varias de ellas especies protegidas cuya cría en esa zona está perfectamente documentada. Da la sensación de que seguimos tratando el medio natural casi exclusivamente como un recurso de producción o de ocio para el ser humano, y muy poco como el hogar de las especies que efectivamente lo habitan, aunque no tengan ni voz ni cabida en los debates sobre qué se ha “perdido” tras un incendio.
Quizás esa es, al final, la lección que me traigo de esta salida al Vall de Boí, más allá de las fotografías. Que la satisfacción de encontrar lo que se busca en el monte —dos rebecos alimentándose al fondo del valle en la primera luz, una familia de marmotas soleándose sin sobresaltarse, una pareja de quebrantahuesos planeando en libertad— y la fragilidad de esos mismos ecosistemas frente al fuego, el calor y nuestra propia torpeza al intervenir en ellos, no son dos historias distintas. Son la misma historia, contada dos veces: una en la calma de una mañana de observación, y otra en la urgencia de un verano que cada año parece más decidido a recordarnos hasta qué punto seguimos sin entender el territorio que decimos amar.